Tezcatlipoca

Gran señor del espejo humeante, dótame de tu profecía.
Baila, cuerpo desollado, sobre la tierra de mis ancestros
¡Danza y ríe! ¡Oh Gran Misterio!

Danza desde la niebla desaforado, ¡Oh festín de huesos!
Que tu carcajada haga temblar las mismas estrellas,
¡Oh mi espejo! ¡Oh mi rostro que se pudre en secretos!

Gran señor, que has habitado a este joven mancebo
Dótame, lo ruego, del don de profecía,
de allá donde termina el tiempo.
Donde su ruta se esconde en las verdes montañas.

¡Oh Gran Tezcatlipoca!
¡Señor de mis ancestros!
¡Bebe la sangre de todos tus hijos y vuelve a nosotros!
¡Gran señor danzante y oscuro reír de la noche!

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Yo

Mi alma entera se estremece ante la lenta realización de que he mutilado sus apéndices. Mi pensamiento entero se desborda en matrices que rebasan el entendimiento, disparo aristas de luz confusa desde mi tercer ojo al cosmos. En un grito desarticulado maldigo y bendigo al ser del que he sido dotado y esa cruel navaja, esa que me otorga conciencia de mi propia existencia.

Puedo ver mi ego reducido a composta, materia prima para dar vida desde mi muerte, consumido en cordones miceliales. Alimento de gusanos. Debería de sentir gozo ante tal realización, pero yo me rebelo. Me actualizo en una explosión de violencia interna.

Lo guardo todo y tiemblo y me derrito en un último respiro agónico. ¿Dónde quedo yo? Donde aparece mi persona y su voluntad conquistadora, aparece la sombra.

La sombra que gobierna el entero ritmo secreto de la naturaleza. La sombra que es el arquitecto del sistema.

La muerte del ego. La disipación de mi nombre.
Yo, guardián del pasado. Aquel que cazaba los ecos. Aquel que sabia los nombres secretos de las cosas. Yo, guardián de las cenizas.
Yo, en eterna guerra santa contra la entropía.

Yo que decidía que existía.
Yo que ideaba mundos en mi cabeza.

Yo.
Yo.
Yo.
Yo.
Yo…

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Sueños

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Se asoma un chacal desde la maleza. Es medianoche en las montañas de la Huasteca y hay luna nueva. La oscuridad es dominante. Se pueden escuchar los sonidos de los automóviles a la distancia, cruzando la pequeña carretera que conecta con la ciudad. Se acerca reptando lentamente, un amarre hechicero une su mirada con el niño perdido. Dos halos dorados opacos como platos rompiendo la serenidad de la noche. Espeluznante necesidad que vuelve el ambiente caluroso en algo quieto y opresivo. A la distancia pasan los coches. Luces rayando en concreto al negro horizonte.

Sigue amarrado en hipnosis, atado irremediablemente a un destino. Cazador y presa en un breve momento de anamnesis. Niño y chacal encerrados en un recuerdo primigenio. Se acerca la bestia, salivando con el hocico abierto. Quieto, muy quieto queda el niño perdido en el dios de sus ojos amarillos.

Salta el chacal y entre gritos y alaridos nadie lo escucha, muerde y arranca sobre su cuerpecito, ensanchado de sangre que corre sobre su vientre de niño. Tira y jala finalmente atrapada su garganta. Ojos brillantes de chacal citadino y motores suenan lejanos sobre la carretera en el valle que lleva al ombligo del mundo.

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The Body of the Dead Christ in the Tomb

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“It is strange to look on this dreadful picture of the mangled corpse of the Saviour, and to put this question to oneself: ‘Supposing that the disciples, the future apostles, the women who had followed Him and stood by the cross, all of whom believed in and worshipped Him–supposing that they saw this tortured body, this face so mangled and bleeding and bruised (and they MUST have so seen it)–how could they have gazed upon the dreadful sight and yet have believed that He would rise again?’

“The thought steps in, whether one likes it or no, that death is so terrible and so powerful, that even He who conquered it in His miracles during life was unable to triumph over it at the last. He who called to Lazarus, ‘Lazarus, come forth!’ and the dead man lived–He was now Himself a prey to nature and death. Nature appears to one, looking at this picture, as some huge, implacable, dumb monster; or still better–a stranger simile–some enormous mechanical engine of modern days which has seized and crushed and swallowed up a great and invaluable Being, a Being worth nature and all her laws, worth the whole earth, which was perhaps created merely for the sake of the advent of that Being.

F.M. Dostoyevsky – The Idiot

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Fue hermoso verla caer

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Después de su brillante ascenso implotó repentinamente, incapaz de sostener ese desquiciado vigor que la animaba. Desciende en un lento baile con volutas de humo danzando a su alrededor, seguida por su estela en llamas hasta que se extingue, y en un silencio mortuorio, sepulcral, termina de caer a la profunda vastedad de un océano indiferente. Toda esa belleza desintegrada en un instante de contacto, una breve tragedia suspendida sobre el azul del cielo.

 

 

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El Calcetín Rojo

El reloj decía que había pasado una hora buscando el calcetín rojo. Pero en realidad parecía que entre más tiempo pasaba buscando el dichoso calcetín, mas se distendía el tiempo, como una red flexible estirada por ambos extremos. Melissa sabía que había transcurrido tan solo una hora desde que empezó a buscar, pero bien podía haber sido un año entero; o una eternidad. Este prenda de vestir en realidad era poco importante, no guardaba un significado especial, no se la había regalado un ser querido, ni estaba atada a un recuerdo grato; pero entre más tiempo buscaba más importante se volvía, en virtud del tiempo que invertía en su búsqueda. Cada segundo que pasaba buscando el calcetín era un segmento irrecuperable de su vida. Un momento que, mientras no encontrara el calcetín, permanecía sin justificar. Se decía a si misma que el placer y el sentido de buscar el calcetín rojo no consistía en encontrarlo, sino en el gozo de la búsqueda. Pero esta idea le convencía cada vez menos.

Una parte de si quería detenerse, dar el calcetín por perdido y dedicarse a otra cosa. ¿Pero quien le regresaría la hora que había pasado tratando de encontrarlo? Y no solo eso, sino que ¿que haría con el otro calcetín que ahora sobraba? ¿Simplemente tirarlo y condenar al desperdicio ese dinero que gasto comprándolo? Obsesionada se preguntaba: ¿quien le regresaría aquellos minutos preciosos que ocupo trabajando para conseguir el dinero que le permitió comprarlo? Todo se reducía a esa gran pregunta en su mente. Murmuraba para sus adentros cada vez mas desesperada. Al punto que se descubrió a si misma buscando dentro del refrigerador. Ya era demasiado tarde para siquiera tener un sentido del humor al respecto. Enojada azoto la puerta, haciendo tambalear todas las cosas que se encontraban dentro del refrigerador.

Estaba atrapada. El calcetín rojo se posaba como una obsesión en su ojo mental, cegándola a todas las demás cosas que ofrecía el mundo. Acercándola, con cada segundo a la misma realización que la había despertado a estas horas de la madrugada para buscar un calcetín rojo. No había nada ni nadie que pudiera detener esa inexorable marcha que la ponía de frente con la idea de que ella entera estaba siendo arrastrada por la marea incontenible del tiempo. Esa sensación la hacía sentirse peor que el animal más indefenso o el objeto más inconsecuente. Bien podía haber sido un sofá, un mueble artesanal. Al menos así pudiera haber guardado dentro de si misma el precioso regalo de la intencionalidad: de existir para algo. Con la dádiva suplementaria de la inconsciencia.

Sin siquiera saberlo Melissa había experimentado, como suele suceder a la gente que tiene todas sus necesidades cubiertas, su primera crisis existencial. Fue cuando le azoto esta idea que finalmente alcanzo la aguda realización de que si sufriera hambre real o padeciera una enfermedad mortal ese maldito calcetín podría quedarse perdido para siempre.

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Rituales y Fetiches pt.1

Screen Shot 2014-03-11 at 5.21.37 PMEPIDEMIA

Las calles se encontraban desiertas, alguna que otra figura pasaba apresurada, siempre con la cabeza gacha, muy abrigada y con un tapabocas para protegerse de la enfermedad que asediaba la ciudad.
El virus había llegado de imprevisto, primero unas cuantas personas en diversos hospitales presentando sintomas muy novedosos: llagas en los muslos, vomito y fiebre que no remitia por mas medicamentos y remedios que se aplicaran, después de algunas menciones triviales en los medios de comunicación la gente parecio olvidarlo, pero los convalecientes seguian creciendo en numero. Cada vez más y más hasta que los lideres de opinion retomaron el tema. Estaciones de radio y televisoras dando precauciones inutiles sobre una enfermedad que no conocían, doctores, expertos y oficiales de gobierno dando sus opiniones día con día, hora con hora.

Tu intentabas dormir en tu cuarto, empapado de sudor y delirando con imagenes coloridas y figuras geometricas que nunca habias imaginado, la radio sonaba muy baja de fondo con la voz suave de algun cantautor melancolico antaño famoso. Era un bolero y parecia que el contenido de tus ideaciones aparecia y desaparecía según las indicaciones del ritmo marcado por la melodia. En todas ellas aparecía una fracción de ella, primero muerta y decadente, con montones de tierra cayendo cada vez más rápido sobre su rostro pálido; en otras sus manos y sus pechos estremeciendose mientras los tocas, en otras la observabas de reojo, como jugaba con sus pies cuando se ponía nerviosa, como imitaba tus tics y hábitos a fuerza de pasar tanto tiempo contigo, como nunca se había atrevido a decirte que te queria.

Después, de nuevo, su rostro. Sus ojos enormes abiertos como platos en una expresión de acusación, lanzando una ultima maldición mientras lanzabas tierra sobre ella con una pala que habias sacado de tu cajuela. Todo por el terror que te ocasionaba saber que algun día poder querrerla.

Matamos todo lo que amamos, lo demás no ha estado vivo nunca”

Que homicidio tan terrible y todo por que creías firmemente en la voz ajena de una mujer que había muerto electrocutada por una lampara en un continente que no era el tuyo. Odiando tu vergonzoso amor por la poesia de una autora que era considerada por la crítica como una de las menores en el gran canon de literatura. Jamás volverías a ser el ciervo y la cicatriz que dejo la flecha sobre tu ijar era el gran recordatorio de que la experiencia te había transmutado en depredador. Bestia marina que devora pescadores y flecheros. Todo esto mientras luchabas a muerte por el ultimo resquicio de lucidez en tu cama. Te quitabas la sabana y los escalofrios arremetian con fuerza inusitada ,te la ponias y sudabas como si estuvieras en un sauna.

Una parte de ti sabía que este era su castigo, la invocación que hizo, esa mirada feroz que te lanzo mientras apuntabas a su pecho con tu revolver. No habias visto miedo en su rostro, solo desafio.

Aun puedes verlo mientras una multitud de imagenes infernales invade tu cabeza. Como abria la boca dispuesta a decirte algo mientras levantaba un dedo acusador apuntado hacia ti; con tu mano en el gatillo disparando antes de atreverte a escucharla. La explosión y un ultimo gemido acompañado de palabras en un idioma que no comprendias.

Sus ultimas palabras habian sido una invocación que concentraba todo el odio y terror del genero femenino a través del tiempo y aun así había muerto, ahogando sus pulmones en sangre y escupiendo espuma mientras se acariciaba la herida como un pequeño animal de campo. Tu pensabas que al fin serías libre pero la sensación era la opuesta.

Ella moría sin arrebatar la vista de tu rostro, transicionaba del asombro al horror como si no pudiera creer que estaba muriendo, aun repitiendo esa incantación que no podías comprender.

Ahora es tu turno de escupir sangre mientras convaleces en una cama, rodeado de pañuelos y apestando a muerte. Sabes que no tiene caso buscar ayuda. Estas convencido de que esta gran epidemia es su venganza y que en ese ultimo momento, mientras sus ojos sin vida aun parecian mirarte algo había pasado que nunca terminarías de comprender.

Tal vez la encontrarías del otro lado lista para amarte por siempre en un abrazo mortal, susurrandote al oido que tu condena será nunca jamás poder escapar de ella. Ser para siempre su acolíto y renunciar a tu voluntad. Poner tu corazón y tu mente en un altar que lleve su nombre e inmolarlos en sacrificio.

(p/e)

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Hel

 

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En los más profundo del infierno se esconde un arbol monstruoso, debajo de su corteza se encuentra un corazón latiente. Algunos dicen que no es sino la razón del crimen más comun entre los hombres, aquella suma de inclinaciones que llamamos las pasiones.

Dicen que sólo el más apacible de toda la especie humana, el más concienzudo y sobrio de intenciones puede descender a las profundidades y con una estocada mortal destruir de una vez por todas aquello que nos hace hombres. Sólo asi podremos elevarnos a la categoria de dioses y en un acto de parricidio, hacer lo mismo con el creador, remplazándolo de una vez por todas.

Dicen también que el cadaver de aquel dios destronado desciende a las profundidades y en la más aguda vergüenza se esconde en la corteza de un árbol y se convierte en el corazón de todas las pasiones de los hombres.

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