Casta y Honesta

La vida moderna nos exige que seamos receptores de un constante torbellino compuesto de información noticiosa, publicidad, propaganda política, material de entretenimiento, panegíricos, insultos públicos, manuales técnicos y otras tantas cosas más. Todo esto en su conjunto y en nuestra cotidianidad equivale a un cumulo de sinsentidos que nosotros, como consumidores de tal información, debemos de digerir, seleccionar y comprender inteligentemente.  De esta manera luchamos con la invasiva propagación de información en nuestro medio ambiente. Luchando una batalla que siempre hemos estado destinados a perder.  En nuestras noticias se esconde, insidiosa, la publicidad nativa. En nuestras fuentes de entretenimiento se oculta la ideología, hasta los panoramicos que  sin querer consumimos apelan a nuestra buena conciencia o a nuestros deseos más vergonzosos, como si tuvieran primacía sobre nuestra naturaleza.

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En medio de este caos se encuentra el individuo, amarrado a su percepción como un náufrago a su barcaza. No puedo evitar pensar que estos son los limites con los  que navegamos nuestra precaria condición moderna.  Creyendo firmemente que la impresión que nos da el mundo es la verdad sobre la que se sostiene la realidad. ¿Cómo no serlo en pleno siglo XXI, donde el individuo reina, habiendo conquistado todo posible enemigo? Es tan solo la muy subjetiva percepción del individuo la que lo informa.  Su muy particular criterio.

No es extraño entonces que colectivamente la percepción también se haya vuelto tan popular. Si la percepción es el ancla que amarra al individuo al mundo, debe serlo aún más para esta cosa común que elegimos llamar sociedad.  Tal vez por eso nuestros políticos y nuestros medios masivos de información hayan tomado cautiva dicha palabra.  Un caso ejemplar de la importancia que ha tomado la percepción como concepto en nuestra vida política y social es el de las encuestas llevadas a cabo por el pulsometro metropolitano que miden justamente la llamada “percepción ciudadana” de la inseguridad. Bien dice aquella antigua frase misógina, que “la esposa del Cesar no solo debe de ser casta y honesta, sino también parecerlo”. Aunque esto es cierto, poner demasiado énfasis en la percepción nos arroja resultados funestos, ya que siguiendo la lógica en la que la percepción reina sobre la objetividad de los datos convertiría el problema de la seguridad en uno de comunicación social. Cosa que algunos de nuestros sabios gobernantes ya han tenido la astucia de ver. Ahora solo faltaría que elimináramos nuestras instituciones policiacas y de justicia para entregarle tan importante mandato a la gente de medios de la administración pública; ya que no hay homicidio, secuestro o crisis de seguridad que un buen asesor de imagen no pueda arreglar ¿cierto?

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Por eso sabemos que obsesionarnos con la percepción puede ser peligroso, que olvidar los actuales hechos, los datos duros y la metodología científica para medir avances reales no puede sino llevarnos al desastre. Pero también tenemos que cuidar la percepción, ya que su relación con la realidad ha sido siempre ambivalente, especialmente en cuestiones sociales.  Me gustaría ilustrar esto con un caso específico. La extraña y triste historia de nuestra Fuerza Civil.  Cuando nace nuestra fuerza civil, nace con un mandato bastante sencillo: ser la mejor fuerza policiaca del estado. Eficientes, bien pagados, con buen equipo, profesionalismo y más importante: con aquello que llaman espíritu de cuerpo.  Por un breve tiempo funciono. Nuestra Fuerza Civil se convirtió en un ejemplo a seguir para todo el país.  Externamente los delincuentes temían a nuestra policía militarizada. Interiormente su disciplina y estructura eran dignas de emular.

En algún punto algo sucedió, errores y problemas que se sucedieron los unos con los otros: cambios en los mandos con la entrada de la nueva administración, el relajamiento de la disciplina,  la difusión en las redes sociales de la comida llena de gusanos que les daban a los elementos de la corporación,  las fotografías escandalosas de la policía que alimentaron a la nota amarillista, hasta los casos de abuso por parte de los mismos policías a la ciudadanía.  De esta manera la mística murió manchando irremediablemente la percepción ciudadana de nuestra Fuerza Civil.

De nuevo percepción. Parece que este concepto ha venido para quedarse y aunque su uso quiera ser cooptado por la clase política para desembarazarse de sus promesas incumplidas sus efectos son reales. La verdad es que tenemos que encontrar, como sociedad, una forma de arrancarla del centro de nuestra vida política y volver a los datos, esos que nuestro gobernador no se cansa de mencionar; mismos datos que aunque mejores que las encuestas de percepción,  tampoco pintan una imagen tan optimista.

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