Nellie Campobello

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I

“Siempre tuve 15 años, y desde entonces baile. Caminé como en crisis de grava y concreto. Iluminada por lámparas de petróleo.
Fui médica, vieja curandera del monte.

¿Quién se alimento de mí y me poseyó que me hizo voz de violencia, artífice de figuras inmóviles, fuego y desperdicio humano?
Toda yo un páramo desolado, voluntad de cabellos desordenados.

Ocupé mi saliva y mi tiempo narrando, descubriendo aquello que los hombres guardan bajo  sus pechos y sus axilas. En ellos las manos como rifles, y yo toda niña asexuada, jugando al desastre. Al huracán que nunca llegaba.
Después, como siempre, el baile: en gracia y desgracia me hice inhumana, muestra breve de mis movimientos, de mi cuerpo equivocado.
Toda voraz, toda una perra desconocida en ciudades agigantadas; ya olvidado el desierto, ese silencio poblado de explosiones, de espíritus amputados, de masturbaciones políticas, sabandijas sin rostro, de trechos marcados con mi saliva.

Toda yo un cuerpo a veces deseado, deificado.  Así pasó en mí esa muerte sin gloria ni héroes.
¿Cómo amar algo, lo que sea?
Envejecí…

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II

Ya bruta y pálida pensaba en este polvo marrón que corre por mis venas. Todo esto fue sangre, vitalidad en movimiento.
Yo menguaba.   Una  vez que todo lo cercano a mí se había ido, y que de mí quedaba solo el hubiera sido, llegue a fantasear con extrañas pasiones teológicas: ¿Habrá un edén allá, del otro lado? ¿Detrás de estas articulaciones congeladas, de mi cabello que cae lento?
Detrás de este océano sin nombre: ¿eso que solo puede ver lo que mis ojos solían ser?

Y ahora yo muero lento, saqueadas mis pretensiones, pensando en tiernos rompecabezas.
Yo  que escribí sobre aquello que escapaba a la vida. Que experimente el adiós incongruente, incompleto de un hombre que acaba así, en un instante, de rodillas mordiendo la bala. ¿Habrá valor para nosotros los viejos? ¿Una forma, una que sea digna?

Me capturaron aletargada,  una de esas viejas más que habitan el mundo habiendo  olvidado su nombre.  Jugaron conmigo, con esta carne vacía que nada había amado.  Amagaron este cuerpo que nada había dado.
Que era pura anemia.

Dicen que me asaltaron, que de mí lo tomaron todo. Hoy desdigo a mis acreedores.  ¿Qué hay que quitarle a una vieja senil y podrida? ¿Antítesis de aquella linda chica de pies ligeros? Tomaron todos mis tesoros, aquellos monumentos orfebres,  aquellas cosas  que desde hace tantos años me hacían un patético velorio, esa materia que se deshacía conmigo, lanzándome siempre una mueca cínica: – he aquí el reino de tu juventud, estático, colgado de tus paredes.-

¡Que se lo lleven todo!
Que sólo yo sé comprender que estos hombres que festejan con mi opulencia son el ángel vengador que viene a inmolar mi vejez, a  volcarme a la inauguración de mi desdicha.  Para llevarme hacia aquel silencio prenatal.  Hacia este olvido que es ignorancia.

¡Todo! y volver: al fin ser esa niña otra vez.”

 

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Sueños

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Se asoma un chacal desde la maleza. Es medianoche en las montañas de la Huasteca y hay luna nueva. La oscuridad es dominante. Se pueden escuchar los sonidos de los automóviles a la distancia, cruzando la pequeña carretera que conecta con la ciudad. Se acerca reptando lentamente, un amarre hechicero une su mirada con el niño perdido. Dos halos dorados opacos como platos rompiendo la serenidad de la noche. Espeluznante necesidad que vuelve el ambiente caluroso en algo quieto y opresivo. A la distancia pasan los coches. Luces rayando en concreto al negro horizonte.

Sigue amarrado en hipnosis, atado irremediablemente a un destino. Cazador y presa en un breve momento de anamnesis. Niño y chacal encerrados en un recuerdo primigenio. Se acerca la bestia, salivando con el hocico abierto. Quieto, muy quieto queda el niño perdido en el dios de sus ojos amarillos.

Salta el chacal y entre gritos y alaridos nadie lo escucha, muerde y arranca sobre su cuerpecito, ensanchado de sangre que corre sobre su vientre de niño. Tira y jala finalmente atrapada su garganta. Ojos brillantes de chacal citadino y motores suenan lejanos sobre la carretera en el valle que lleva al ombligo del mundo.

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The Body of the Dead Christ in the Tomb

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“It is strange to look on this dreadful picture of the mangled corpse of the Saviour, and to put this question to oneself: ‘Supposing that the disciples, the future apostles, the women who had followed Him and stood by the cross, all of whom believed in and worshipped Him–supposing that they saw this tortured body, this face so mangled and bleeding and bruised (and they MUST have so seen it)–how could they have gazed upon the dreadful sight and yet have believed that He would rise again?’

“The thought steps in, whether one likes it or no, that death is so terrible and so powerful, that even He who conquered it in His miracles during life was unable to triumph over it at the last. He who called to Lazarus, ‘Lazarus, come forth!’ and the dead man lived–He was now Himself a prey to nature and death. Nature appears to one, looking at this picture, as some huge, implacable, dumb monster; or still better–a stranger simile–some enormous mechanical engine of modern days which has seized and crushed and swallowed up a great and invaluable Being, a Being worth nature and all her laws, worth the whole earth, which was perhaps created merely for the sake of the advent of that Being.

F.M. Dostoyevsky – The Idiot

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Fue hermoso verla caer

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Después de su brillante ascenso implotó repentinamente, incapaz de sostener ese desquiciado vigor que la animaba. Desciende en un lento baile con volutas de humo danzando a su alrededor, seguida por su estela en llamas hasta que se extingue, y en un silencio mortuorio, sepulcral, termina de caer a la profunda vastedad de un océano indiferente. Toda esa belleza desintegrada en un instante de contacto, una breve tragedia suspendida sobre el azul del cielo.

 

 

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Casta y Honesta

La vida moderna nos exige que seamos receptores de un constante torbellino compuesto de información noticiosa, publicidad, propaganda política, material de entretenimiento, panegíricos, insultos públicos, manuales técnicos y otras tantas cosas más. Todo esto en su conjunto y en nuestra cotidianidad equivale a un cumulo de sinsentidos que nosotros, como consumidores de tal información, debemos de digerir, seleccionar y comprender inteligentemente.  De esta manera luchamos con la invasiva propagación de información en nuestro medio ambiente. Luchando una batalla que siempre hemos estado destinados a perder.  En nuestras noticias se esconde, insidiosa, la publicidad nativa. En nuestras fuentes de entretenimiento se oculta la ideología, hasta los panoramicos que  sin querer consumimos apelan a nuestra buena conciencia o a nuestros deseos más vergonzosos, como si tuvieran primacía sobre nuestra naturaleza.

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En medio de este caos se encuentra el individuo, amarrado a su percepción como un náufrago a su barcaza. No puedo evitar pensar que estos son los limites con los  que navegamos nuestra precaria condición moderna.  Creyendo firmemente que la impresión que nos da el mundo es la verdad sobre la que se sostiene la realidad. ¿Cómo no serlo en pleno siglo XXI, donde el individuo reina, habiendo conquistado todo posible enemigo? Es tan solo la muy subjetiva percepción del individuo la que lo informa.  Su muy particular criterio.

No es extraño entonces que colectivamente la percepción también se haya vuelto tan popular. Si la percepción es el ancla que amarra al individuo al mundo, debe serlo aún más para esta cosa común que elegimos llamar sociedad.  Tal vez por eso nuestros políticos y nuestros medios masivos de información hayan tomado cautiva dicha palabra.  Un caso ejemplar de la importancia que ha tomado la percepción como concepto en nuestra vida política y social es el de las encuestas llevadas a cabo por el pulsometro metropolitano que miden justamente la llamada “percepción ciudadana” de la inseguridad. Bien dice aquella antigua frase misógina, que “la esposa del Cesar no solo debe de ser casta y honesta, sino también parecerlo”. Aunque esto es cierto, poner demasiado énfasis en la percepción nos arroja resultados funestos, ya que siguiendo la lógica en la que la percepción reina sobre la objetividad de los datos convertiría el problema de la seguridad en uno de comunicación social. Cosa que algunos de nuestros sabios gobernantes ya han tenido la astucia de ver. Ahora solo faltaría que elimináramos nuestras instituciones policiacas y de justicia para entregarle tan importante mandato a la gente de medios de la administración pública; ya que no hay homicidio, secuestro o crisis de seguridad que un buen asesor de imagen no pueda arreglar ¿cierto?

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Por eso sabemos que obsesionarnos con la percepción puede ser peligroso, que olvidar los actuales hechos, los datos duros y la metodología científica para medir avances reales no puede sino llevarnos al desastre. Pero también tenemos que cuidar la percepción, ya que su relación con la realidad ha sido siempre ambivalente, especialmente en cuestiones sociales.  Me gustaría ilustrar esto con un caso específico. La extraña y triste historia de nuestra Fuerza Civil.  Cuando nace nuestra fuerza civil, nace con un mandato bastante sencillo: ser la mejor fuerza policiaca del estado. Eficientes, bien pagados, con buen equipo, profesionalismo y más importante: con aquello que llaman espíritu de cuerpo.  Por un breve tiempo funciono. Nuestra Fuerza Civil se convirtió en un ejemplo a seguir para todo el país.  Externamente los delincuentes temían a nuestra policía militarizada. Interiormente su disciplina y estructura eran dignas de emular.

En algún punto algo sucedió, errores y problemas que se sucedieron los unos con los otros: cambios en los mandos con la entrada de la nueva administración, el relajamiento de la disciplina,  la difusión en las redes sociales de la comida llena de gusanos que les daban a los elementos de la corporación,  las fotografías escandalosas de la policía que alimentaron a la nota amarillista, hasta los casos de abuso por parte de los mismos policías a la ciudadanía.  De esta manera la mística murió manchando irremediablemente la percepción ciudadana de nuestra Fuerza Civil.

De nuevo percepción. Parece que este concepto ha venido para quedarse y aunque su uso quiera ser cooptado por la clase política para desembarazarse de sus promesas incumplidas sus efectos son reales. La verdad es que tenemos que encontrar, como sociedad, una forma de arrancarla del centro de nuestra vida política y volver a los datos, esos que nuestro gobernador no se cansa de mencionar; mismos datos que aunque mejores que las encuestas de percepción,  tampoco pintan una imagen tan optimista.

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La imagen cristalina

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Un buen día te despertaron y no supiste que hacer con tu lucidez.  Todo lo que había sucedido antes de la caída parecía una ilusión colorida. Más dolorosa ahora que la sabías falsa.  La expulsión del paraíso tuvo sus consecuencias: hizo que te avergonzaras de tu desnudez, que adquirieras conciencia de tus placeres,  notaste que tus manos también podían ser garras.  Transfigurada y horrorizada decidiste mirar tu reflejo en un estanque, esa imagen sí la conocías. Eran tus brazos, tus piernas, tu rostro; y aunque hacerlo era como leer la historia de lo que te condujo al fracaso también experimentabas una especie de placer morboso.

Recordar al paraíso era arrancar un pedazo del mismo. Llevarte un trozo en tus entrañas y observarlo fanáticamente. Desde que adquiriste sustancia y habla hasta que probaste del conocimiento, concluyendo en tu caída despavorida.  Te obsesionaste. Repetirías como en un teatro la misma escena una y otra vez. Acumulando fanáticamente simulacros del primer amor perdido.  Tu silencio se volvió desconfianza, te fragmentaste, te hiciste multiplicidad. Desde tu perspectiva te pensabas un cristal refractando la luz, convirtiéndola en una multitud de rayos disparatados.  Cada palabra que emitías significaba una victoria y una derrota. La culminación de un aprendizaje.

Al fin humana. Tenías que encontrar orgullo en ello, así que construiste todo un relato. Pensabas que tu estancia en el paraíso había sido un periodo intermedio.  Como si para ser una autentica persona tuvieras que experimentar las pequeñas tragedias de la gente sin suerte. ..

 

II

Incurriste en mi reino y hablabas la lengua de los exiliados, por eso pude entenderte. Contabas aun con melancolía de ese lugar alto perdido entre montañas sin nombre.  Tus palabras estaban cargadas de experiencia y la memoria en ti aun era nueva. Recordabas nuestro origen con tanta dulzura, hacías gestos y declamabas en símbolos sin siquiera saberlo.  Estaba sobre ti. Como un aroma invisible.  Fue fácil que me parecieras encantadora. No podía evitar sentir la cercanía de tu narrativa y me permití por instantes escucharte.

Tu naufragio era hermoso y tu voz era la ilusión sobre la que monte mi propia desgracia. Tu recuerdo de aquel lugar selecto, prohibido para los que habíamos probado el fruto de nuestra común humanidad despertó algo en mí que creía muerto.  Transfigure en afecto y volví sobre mi reflejo, imitando tus propios gestos.

Había pasado tantos años siendo un sordo cazando ritmo y melodía, buscando en un río caudaloso la imagen cristalina que confundí a una compañera de exilio en una comedia ligera.  Decías entre carcajadas y sollozos que ya nada importaba. Que te pondrías la careta del monstruo hasta que se hiciera parte de tu rostro.  En mi delirio yo pretendía seguir el compás de tu canción extraña.

Baile tu melodía por no sé cuantos días, hasta que el tiempo se volvió irrelevante. Me enamoré de tus locuras, de las defensas exageradas que hacías de argumentos indefendibles, de cómo no sabías modular tu voz y gritabas sin darte cuenta. De cómo despreciabas el amor y sus resultados, de la debilidad que escondías detrás de una falsa fortaleza. Me perdí en tu espontaneidad, de cómo manejabas a los hombres a veces sin darte cuenta y a veces con toda la intención.  Me sentía hechizado cuando te aburría hablar conmigo. Me sentía astuto cada que te arrancaba una sonrisa. ¡Qué adicción tan placentera! Sabía que si no me detenía haría lo que fuera por provocarla. Sin darme cuenta me convertí en tu seguidor.  No quería someterme a la verdad: cualquier cosa que dijeras me hubiera parecido interesante.

Sabía que era un juego peligroso, modelar un nuevo paraíso en este mundo contingente. Tal  es mi arrogancia y entusiasmo que he pretendido crear uno alterno, sin amos ni dioses. Sujeto a leyes idílicas donde el poder es anatema y somos puro espíritu en vilo.  No concebía que mi paraíso pudiera ser también una prisión al ser una definición particular de mis anhelos.

 

III

 

Ahora permanece el futuro en silencio, pero sabemos que después del purgatorio nos queda la profecía como el anuncio de una esperanza.  Para ti, que eres proyección de mi deseo y el muro de mis realidades, solo me resta la anunciación de una esperanza:

Será más de lo que cualquiera pueda imaginar. Un armario que guarda un secreto hermoso. La oscuridad de la ignorancia como una corona que se lleva con orgullo. Hablará con paciencia y no será un adicto a verdades a medias. Esperará  tu llegada y te recibirá sin reproches.

No hablará tanto. Se materializara en las mañanas para despedirse en tu rumbo al trabajo. La pieza perfecta del rompe cabezas. La imagen cristalina. Forma imperecedera en este mundo sin fondo. Una línea que demarca fronteras. El dios de los límites y los portales. Un conducto que produce comunicación sin habla. Pura idea y sensación. Tendrá el cuerpo perfecto, ganara millones y los pondrá a tus pies.  El sueño que deseaste haber tenido. Un magnifico espécimen humano.

Dominara al mundo para ser dominado por ti. El espectro de un padre ausente, realizado. La verdad sucia del mundo digerida y cubierta en antiséptico, con olor a cloro. El color blanco.

En su pecho encontrarás su única deformidad y será una perilla. Cuando finalmente decida mostrártela, después de una ardua iniciación que te deje temblando de las piernas te pedirá que cierres los ojos y la abras.

Entonces sabrás.

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