El Calcetín Rojo

El reloj decía que había pasado una hora buscando el calcetín rojo. Pero en realidad parecía que entre más tiempo pasaba buscando el dichoso calcetín, mas se distendía el tiempo, como una red flexible estirada por ambos extremos. Melissa sabía que había transcurrido tan solo una hora desde que empezó a buscar, pero bien podía haber sido un año entero; o una eternidad. Este prenda de vestir en realidad era poco importante, no guardaba un significado especial, no se la había regalado un ser querido, ni estaba atada a un recuerdo grato; pero entre más tiempo buscaba más importante se volvía, en virtud del tiempo que invertía en su búsqueda. Cada segundo que pasaba buscando el calcetín era un segmento irrecuperable de su vida. Un momento que, mientras no encontrara el calcetín, permanecía sin justificar. Se decía a si misma que el placer y el sentido de buscar el calcetín rojo no consistía en encontrarlo, sino en el gozo de la búsqueda. Pero esta idea le convencía cada vez menos.

Una parte de si quería detenerse, dar el calcetín por perdido y dedicarse a otra cosa. ¿Pero quien le regresaría la hora que había pasado tratando de encontrarlo? Y no solo eso, sino que ¿que haría con el otro calcetín que ahora sobraba? ¿Simplemente tirarlo y condenar al desperdicio ese dinero que gasto comprándolo? Obsesionada se preguntaba: ¿quien le regresaría aquellos minutos preciosos que ocupo trabajando para conseguir el dinero que le permitió comprarlo? Todo se reducía a esa gran pregunta en su mente. Murmuraba para sus adentros cada vez mas desesperada. Al punto que se descubrió a si misma buscando dentro del refrigerador. Ya era demasiado tarde para siquiera tener un sentido del humor al respecto. Enojada azoto la puerta, haciendo tambalear todas las cosas que se encontraban dentro del refrigerador.

Estaba atrapada. El calcetín rojo se posaba como una obsesión en su ojo mental, cegándola a todas las demás cosas que ofrecía el mundo. Acercándola, con cada segundo a la misma realización que la había despertado a estas horas de la madrugada para buscar un calcetín rojo. No había nada ni nadie que pudiera detener esa inexorable marcha que la ponía de frente con la idea de que ella entera estaba siendo arrastrada por la marea incontenible del tiempo. Esa sensación la hacía sentirse peor que el animal más indefenso o el objeto más inconsecuente. Bien podía haber sido un sofá, un mueble artesanal. Al menos así pudiera haber guardado dentro de si misma el precioso regalo de la intencionalidad: de existir para algo. Con la dádiva suplementaria de la inconsciencia.

Sin siquiera saberlo Melissa había experimentado, como suele suceder a la gente que tiene todas sus necesidades cubiertas, su primera crisis existencial. Fue cuando le azoto esta idea que finalmente alcanzo la aguda realización de que si sufriera hambre real o padeciera una enfermedad mortal ese maldito calcetín podría quedarse perdido para siempre.

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Monstruosa Belleza

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Tal es tu vanidad que puedes gozarte en aquella decrepitud itinerante que cargas cuando andas por el mundo. Hasta posar para el artista y encontrar en todo aquello que te hace un monstruo suprema belleza.

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Rituales y Fetiches pt.1

Screen Shot 2014-03-11 at 5.21.37 PMEPIDEMIA

Las calles se encontraban desiertas, alguna que otra figura pasaba apresurada, siempre con la cabeza gacha, muy abrigada y con un tapabocas para protegerse de la enfermedad que asediaba la ciudad.
El virus había llegado de imprevisto, primero unas cuantas personas en diversos hospitales presentando sintomas muy novedosos: llagas en los muslos, vomito y fiebre que no remitia por mas medicamentos y remedios que se aplicaran, después de algunas menciones triviales en los medios de comunicación la gente parecio olvidarlo, pero los convalecientes seguian creciendo en numero. Cada vez más y más hasta que los lideres de opinion retomaron el tema. Estaciones de radio y televisoras dando precauciones inutiles sobre una enfermedad que no conocían, doctores, expertos y oficiales de gobierno dando sus opiniones día con día, hora con hora.

Tu intentabas dormir en tu cuarto, empapado de sudor y delirando con imagenes coloridas y figuras geometricas que nunca habias imaginado, la radio sonaba muy baja de fondo con la voz suave de algun cantautor melancolico antaño famoso. Era un bolero y parecia que el contenido de tus ideaciones aparecia y desaparecía según las indicaciones del ritmo marcado por la melodia. En todas ellas aparecía una fracción de ella, primero muerta y decadente, con montones de tierra cayendo cada vez más rápido sobre su rostro pálido; en otras sus manos y sus pechos estremeciendose mientras los tocas, en otras la observabas de reojo, como jugaba con sus pies cuando se ponía nerviosa, como imitaba tus tics y hábitos a fuerza de pasar tanto tiempo contigo, como nunca se había atrevido a decirte que te queria.

Después, de nuevo, su rostro. Sus ojos enormes abiertos como platos en una expresión de acusación, lanzando una ultima maldición mientras lanzabas tierra sobre ella con una pala que habias sacado de tu cajuela. Todo por el terror que te ocasionaba saber que algun día poder querrerla.

Matamos todo lo que amamos, lo demás no ha estado vivo nunca”

Que homicidio tan terrible y todo por que creías firmemente en la voz ajena de una mujer que había muerto electrocutada por una lampara en un continente que no era el tuyo. Odiando tu vergonzoso amor por la poesia de una autora que era considerada por la crítica como una de las menores en el gran canon de literatura. Jamás volverías a ser el ciervo y la cicatriz que dejo la flecha sobre tu ijar era el gran recordatorio de que la experiencia te había transmutado en depredador. Bestia marina que devora pescadores y flecheros. Todo esto mientras luchabas a muerte por el ultimo resquicio de lucidez en tu cama. Te quitabas la sabana y los escalofrios arremetian con fuerza inusitada ,te la ponias y sudabas como si estuvieras en un sauna.

Una parte de ti sabía que este era su castigo, la invocación que hizo, esa mirada feroz que te lanzo mientras apuntabas a su pecho con tu revolver. No habias visto miedo en su rostro, solo desafio.

Aun puedes verlo mientras una multitud de imagenes infernales invade tu cabeza. Como abria la boca dispuesta a decirte algo mientras levantaba un dedo acusador apuntado hacia ti; con tu mano en el gatillo disparando antes de atreverte a escucharla. La explosión y un ultimo gemido acompañado de palabras en un idioma que no comprendias.

Sus ultimas palabras habian sido una invocación que concentraba todo el odio y terror del genero femenino a través del tiempo y aun así había muerto, ahogando sus pulmones en sangre y escupiendo espuma mientras se acariciaba la herida como un pequeño animal de campo. Tu pensabas que al fin serías libre pero la sensación era la opuesta.

Ella moría sin arrebatar la vista de tu rostro, transicionaba del asombro al horror como si no pudiera creer que estaba muriendo, aun repitiendo esa incantación que no podías comprender.

Ahora es tu turno de escupir sangre mientras convaleces en una cama, rodeado de pañuelos y apestando a muerte. Sabes que no tiene caso buscar ayuda. Estas convencido de que esta gran epidemia es su venganza y que en ese ultimo momento, mientras sus ojos sin vida aun parecian mirarte algo había pasado que nunca terminarías de comprender.

Tal vez la encontrarías del otro lado lista para amarte por siempre en un abrazo mortal, susurrandote al oido que tu condena será nunca jamás poder escapar de ella. Ser para siempre su acolíto y renunciar a tu voluntad. Poner tu corazón y tu mente en un altar que lleve su nombre e inmolarlos en sacrificio.

(p/e)

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Hel

 

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En los más profundo del infierno se esconde un arbol monstruoso, debajo de su corteza se encuentra un corazón latiente. Algunos dicen que no es sino la razón del crimen más comun entre los hombres, aquella suma de inclinaciones que llamamos las pasiones.

Dicen que sólo el más apacible de toda la especie humana, el más concienzudo y sobrio de intenciones puede descender a las profundidades y con una estocada mortal destruir de una vez por todas aquello que nos hace hombres. Sólo asi podremos elevarnos a la categoria de dioses y en un acto de parricidio, hacer lo mismo con el creador, remplazándolo de una vez por todas.

Dicen también que el cadaver de aquel dios destronado desciende a las profundidades y en la más aguda vergüenza se esconde en la corteza de un árbol y se convierte en el corazón de todas las pasiones de los hombres.

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Mensajero

El viajero reporta que se sueña mariposa y al hacerlo recuerda al antiguo poeta que al despertar no sabía si él soñaba a la mariposa o la mariposa lo soñaba a él. Uno podría pensar que eso se parece un delirio disasociativo, un vicio psíquico que merece examinación. Pero el viajero sabe que el poeta habla de algo más. Esa confusión de sustancias no designa sino un estado de cambio. Una mera transición que refiere a la identidad como algo transitorio, como un camino más por recorrer.

El viajero carga una misiva. Un sobre vacío sin remitente. Aun así es un mensajero. Uno que cuenta maravillas cuando se aparece a quienes desean verlo.

¿Y usted quien es? – Soy el mensajero. – Dígame entonces, ¿cual es su mensaje?-

Guarda silencio y te mira satisfecho. Se despide con un gesto.

Uno solo puede preguntarse: ¿Que hay detrás de ese muro de confusiones interpretadas que se esconden detrás de cualquier mensaje? ¿De que tratan estas alegorías que se presentan como símbolos desprovistos de contexto? Hace falta una traducción, un cuerpo, algo que al fin deje de hablar en señales que no comprendemos.

Un mensajero… ¿y el mensaje? El mensaje es la diosa arquetipica, la llama que nunca ha de apagarse. El mensaje es una de esas verdades vulgares. No es necesario que el mensaje exista. Puede ser un sobre vacío sin remitente, un peregrino sin sitio sagrado o una maravilla inventada. El mensajero solo existe para que nos atrevamos a observar con curiosidad morbosa los detalles que esconde la cicatriz. Para que descifremos el mapa escondido en sus sandalias sucias y rotas.

A fin de cuentas el mensajero es el horror del sentido. El propósito escondido detrás de un fino velo de ignorancia auto-provocada. Es despertar después de una eternidad bebiendo las aguas del Leteo.

Adentrarse en su misterio es perder nuestra inocencia. Jamas debemos de ambicionar ese fruto prohibido.

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Un trámite

Es una cuestión de disposición. De reemplazar las piezas cuando las encuentras bien acomodadas. Debes de poder visualizarte muriendo en paz. Creyendo algo absolutamente. Sonriendo en calma mientras observas la sucia realidad de tu propia muerte.

En realidad, ese es el gran problema para mi. No el hecho de que voy a morir, sino el hecho de que es bastante probable que cuando muera, sea un asunto muy poco higiénico. Me imagino victima de un accidente automovilístico, aun consciente yaciendo sobre el concreto ardiente con una sensación rara en el estomago. Me imagino alcanzando con mis manos el lugar donde debería de haber estado mi abdomen y solo encontrando un desorden de tripas y sangre y comida medio digerida. Imagino el horror de mirar aquello que solía ser mi cuerpo y no reconocerlo.

También me imagino convaleciendo por largos años en una cama empobreciendo a mi familia con la factura del negocio médico. Expectorando flema y bilis negra,sufriendo de contracciones extrañas en el pecho y delirios homicidas,cubierto de sudor frio, ardiendo. Gritando con lo que sobrevive de mis pulmones mermados por que me dejen morir.

La tercera visión es más repentina pero aun me genera un asco tremendo pensar en que pasaría si algún objeto pesado me destruye la cabeza y sale volando para todos lados mi materia gris con pequeños pedazos de cráneo. Algo como metralla de un obús reventando en el suelo. Puedo ver trozos de hueso blanco manchados con ese rojo que casi parece purpura de la sangre muy espesa saliendo disparado para todos lados. Eso me genera mucho desagrado.

Si tan solo morir fuera algo noble y bello. Si tan solo no te defecaras al morir cuando se relajan tus esfínteres y en vez de pudrirte despidieras un olor que se parecería al paraíso.

Sí, morir es tan sólo un trámite, pero que trámite. Vamos ¿por qué tiene qué ser tan sucio?

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F.

Entre los pliegues desordenados de su vestido encontró un hilo. Empezó jalándolo pero sintió un ardor en su cadera. Parecía molesto pero no dejo de jalar y entre más lo hacía el ardor se extendía, hasta llegar a la base de sus pechos y después a su quijada. Una onda de calor expansiva recorría todo su rostro y corriendo hacia el tocador descubrió que estaba sonrojada. Sus mejillas como las de una niña y ella ahí enfrente toda desfigurada.

Siguió jalando y la sensación ahora llegaba a la punta de sus dedos. Perdida en el más curioso rapto. Como bailar sobre el filo de una navaja con los ojos bien abiertos y una carcajada que nacía desde sus entrañas. 

Ahora el hilo daba vueltas sobre sus manos. Parecía interminable pero la sensación era adictiva. Algo así como derretirse sin resistencia, hasta encontrar el corazón palpitante del mundo detrás de sus huesos. 

¿De dónde provenía el hilo? Con su mano libre logro levantarse el vestido. Al rozar su propia mano contra su muslo no pudo evitar sentir escalofríos. ¿Será que sabía lo que yacía detrás de la fuente? Como una visión que se mueve reptante hasta llegar a su ombligo y encontrar un estanque de aguas turbias que no tiene fondo. La sensación era apremiante, ahora sus piernas temblaban cubiertas de un ardor helado. 

Permaneció paralizada, tan solo jalando ligera la mano que sostenía el hilo, sin poder detenerse. La otra, pulgar e índice cerca del origen, no se atrevía al último movimiento, al brinco desesperado del explorador que busca oasis o refugio.

Lo hace y una expresión de horror y resignación nace en su rostro. Para seguir jalando, haciéndose un poco más pequeña cada minuto.

Hasta que nada queda más que la imagen de un bulto de tela deshecha donde se encontraba ella. Y una última carcajada perversa y maniaca que invita a que encontremos la base y nos vayamos con ella, del otro lado de esta absurda experiencia.

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